viernes, 19 de junio de 2009

Emilio ganador

La semana pasada se llevó a cabo un "debate" entre Marcelo Ebrard, Emilio González Márquez y Enrique Peña Nieto. PRD, PAN y PRI gobiernan estas emblemáticas entidades. El DF es para el PRD la joya de la corona: el PRD no gobierna una entidad más importante que el DF. El mismo caso aplica para Jalisco -con relación al PAN- y para el Estado de México -con relación al PRI-. Además, el DF, Jalisco y el Estado de México -respectivamente- son bastiones electorales para estos partidos; son, en cada caso, la joya de sus coronas.

Contrario a lo que algunos dicen, para mí el debate resultó por demás interesante. No fue poco lo que reveló y sí de gran importancia. Empecemos por mencionar la reacción de los cibernautas que dejaron su comentario en el portal de esmas.com y que se pueden consultar en www2.esmas.com/noticierostelevisa/mexico/nacional/070558/decision-2009-los-partidos-gobierno. De la lectura de los comentarios se deduce un claro perdedor.

Una de las revelaciones que me causó gran impacto fue el momento en que Emilio González desmintió categórico a Ebrard. Marcelo le espetó que Jalisco ocupa -entre los Estados de la República- el lugar 14 en el Índice de Desarrollo Humano. Emilio reviró con una agilidad asombrosa y una seguridad monumental, y en fracciones de segundo volteó con su homólogo de la Ciudad de México y le dijo "NO". Fue tal la seguridad de González Márquez que el propio Ebrard le dijo "pues si no son el lugar 14, son el 13, pero después hablamos de eso". González Márquez también negó el supuesto décimo tercer lugar. La seguridad con que se manejó González Márquez la noche del 11 de junio hizo pensar a más de alguno que había ganado el debate.

González Márquez derrochó seguridad en sus aseveraciones; hasta ahí todo bien... el problema es que Ebrard tiene razón: en el Índice de Desarrollo Humano 2006-2007, Jalisco es el lugar 14 -no el 13 que en el regateo del jalisciense le había concedido el capitalino- y se puede consultar en la página web del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en México: www.undp.org.mx.

El acontecimiento es de la mayor relevancia y trascendencia. Solamente hay dos opciones: la primera es que el Gobernador de Jalisco no sabe de lo que le hablan, pero eso no demeritaría su seguridad ni la capacidad de negar los señalamientos que no le resultan favorables; la segunda opción es que sí tenga conocimiento y que valorando el señalamiento le resulte más importante "desmentir la verdad" o, lo que es lo mismo, mentir. Total, han pasado siete días y nadie se ha tomado la molestia de ver qué de lo expresado es cierto o falso. Los medios han dado su opinión del debate en términos sumamente superficiales y con esa actitud solamente se incentivan la apariencia, la ignorancia y la mentira.

Otro de los puntos que puso sobre la mesa el Gobernador de Jalisco fue el de la importancia que presta su gestión a la mujer. Vaya que hace falta, ya que Naciones Unidas establece que "los indicadores de participación política, laboral y económica sitúan a las mujeres del estado [Jalisco] en peor posición que el promedio nacional" (Indicadores de Desarrollo Humano y Género en México 2000-2005). No se entiende la asimetría entre el discurso gubernamental y la realidad jalisciense. La violencia -en todas sus modalidades- contra las mujeres es una constante en Jalisco. Ahí si ocupamos uno de los primeros lugares, el cuarto para ser más preciso.

De alguna manera, no dejan de tener razón quienes dicen que Emilio ganó el debate. Lo habría ganado porque no le espetaron el lugar que ocupa Jalisco en materia de competitividad (según el Instituto de la Competitividad), de contaminación (según el Instituto Nacional de Ecología), de industria manufacturera (según el INEGI), de respeto a los adolescentes (según la UNICEF), en indicadores de salud (según la Secretaría del ramo del Gobierno federal), el rezago social (según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social), o la deuda (según la Secretaría de Hacienda). En estos rubros ya quisiéramos un décimo cuarto lugar -como el referido por Ebrard- que nos situaría en la media tabla, porque en la mayoría de los indicadores referidos y en varios más somos un Estado sotanero.

Emilio, más que ganador del debate, fue el ganón; lo fue porque no le echaron en cara estos indicadores y porque le permitieron leer los que llevaba en sus tarjetitas. No solamente ganó el debate, ganó el posdebate porque nadie se tomó la molestia de verificar si lo dicho correspondía más a la verdad que al desenfado y la sabrosura con la que se condujo.

rogelio_campos@yahoo.com

viernes, 12 de junio de 2009

¿Ajedrez o solitario?

En el ajedrez hay un adversario enfrente, en el solitario la habilidad propia es lo que cuenta. El ajedrez supone pensar movimientos para atacar, pero se debe defender; ambos jugadores piensan en la movida inmediata, pero solamente los buenos pueden pensar en las próximas cinco o seis jugadas. En esta lógica, los promotores del voto nulo estarían jugando solitario, no ajedrez.

Siempre se ha contabilizado un considerable porcentaje de votos nulos. La historia del IFE registra un promedio de 3.27 por ciento -más de lo que llegan a obtener algunos partidos- y un récord de hasta 4.83 por ciento.

El éxito de la campaña para anular el voto deberá medirse a partir del porcentaje adicional -a las cifras mencionadas- que obtenga esta opción.

El voto nulo unificará por un brevísimo instante a los inconformes con diversas causas, pero entre los anulistas hay diferencias irreconciliables: lo mismo están los dolidos con el partido que los encumbró (Dulce María Sauri, del PRI; o el primo del Presidente de la República, del PAN), los que han tenido altísimos sueldos en el Gobierno federal (el entonces encargado de Internet de Los Pinos y ahora del Centro Fox), los ciudadanos informados y desinformados, los que quieren intervención del Estado en la economía y los neoliberalistas a ultranza, los que tienen buenas intenciones y los que no.

Si bien el movimiento resulta novedoso, por sus consecuencias estaríamos frente a una práctica tan vieja como conocida: la misma que propiciaron en su tiempo los "partidos satélite". Si el voto nulo alcanzara hasta un 8 por ciento, estaríamos frente a un resultado real -propiciado por el movimiento- de poco más del 4 por ciento... que sería un porcentaje similar al que en otras elecciones han obtenido los "partidos satélite".

En su momento, estos partidos eran inflados por el Gobierno para restar votos a la Oposición real, entendida como aquella que puede agruparse en los partidos grandes, capaces de generarle altos costos de negociación al Gobierno.

En las elecciones intermedias, el voto de castigo o de refrendo de confianza al partido en el Gobierno tiene reservado un lugar preponderante. El voto nulo ha venido a ocupar ese lugar en la discusión nacional. Se castiga o se premia de acuerdo a los resultados y a lo prometido en campaña. Con esta novedad, la propuesta es castigar -con latigazos de desprecio- a todos por igual.

No es la primera vez que se "convence" a la ciudadanía para que no vote por el partido de su preferencia. En el 2000 se puso sobre la mesa el voto útil, y tenía como meta inmediata sacar al PRI de Los Pinos. Para poder lograr el objetivo se trataba de que los ciudadanos rechazaran al partido por el que querían votar. La meta a mediano plazo era acabar con la corrupción y todo lo malo que, hasta ese momento, era atribuible -en exclusiva- al PRI. Suficientes ciudadanos fueron generosos para renunciar a su convicción partidista inicial y apoyar la propuesta que surgía en pleno proceso electoral.

Seis años después, una parte considerable del electorado dejó de votar por el partido de su preferencia inicial y tuvo que optar entre dos propuestas: cambiar la política económica o impedir que un "loco peligroso" llegara a la Presidencia. A mediano plazo, la meta de la propuesta ganadora era -entre otras- generar un millón de empleos al año.

En el 2000 y en el 2006 se cumplieron las metas inmediatas en la misma proporción en que se incumplieron las de mediano plazo. Es más, en el mediano plazo se agudizaron los males a erradicar.

En ese sentido, la meta de corto plazo en el 2009 -de la nueva propuesta que surge en pleno proceso- es mostrar rechazo, repudio y hartazgo. Sería interesante conocer la opinión de los electores que renunciaron al voto de su preferencia y que fueron fundamentales para hacer posible el voto útil en el 2000 y para frenar la llegada de AMLO en el 2006 ¿De qué estarán más hartos hoy, del partido de su preferencia inicial o de la propuesta -sacada de la manga, en cada uno de esos procesos- que respaldaron?

La historia está del lado de los anulistas: la meta inmediata se conseguirá. Lo que está por verse es si los objetivos de mediano plazo se cumplen: que los partidos volteen hacia la población, además de candidaturas independientes, entre otros. Ojalá que se cumplan, pero si la historia se repite, los males podrían agudizarse.

¿Hay un peor escenario que el actual? La respuesta es afirmativa. Los anulistas pretenden jugar ajedrez y lo que están jugando es solitario. Parten del supuesto de que no hay peor escenario que el actual ni intereses reales que aprovecharán el descrédito de los partidos para arrinconarlos y eventualmente colapsarlos... ese fue exactamente el preámbulo de lo que sucedió en Venezuela con Hugo Chávez y en Perú con Alberto Fujimori.

rogelio_campos@yahoo.com

viernes, 5 de junio de 2009

Tiempos de guerra

Estamos en guerra: con todas sus letras y de manera reiterada lo ha dicho el Presidente de la República. Las guerras -está comprobado- suben la popularidad de los Presidentes. Bush -que llegó cuestionado en el 2000- alcanzó después del 11 de septiembre niveles de popularidad nunca vistos. Este factor -descarto el económico- explicaría en gran medida la aceptación que tiene Calderón entre los ciudadanos, según las encuestas -incluidas las de este mes- realizadas por Mitofsky y por Grupo Reforma.

La guerra que vivimos es diferente a una convencional. No es contra otra nación, es -se ha dicho- contra el crimen. Es una guerra -con todo y estado de excepción- sin declaración formal ni legal. Es una guerra que se libra toda en territorio propio. En esta guerra no hay un enemigo visible; luchamos contra algo más bien difuso. Tampoco tenemos objetivos concretos o que puedan ser medidos.

Como en toda guerra, hay enemigos, aliados y traidores. El enemigo es la delincuencia organizada, no hay duda. El problema surge en la identificación de los aliados -de ambos bandos- y los traidores. El problema se vuelve mayúsculo cuando en plena guerra hay elecciones. Todavía más grave: cuando no se decreta -como en toda guerra- una tregua que en este caso ponga a salvo la renovación democrática de autoridades.

Lo anterior todavía se vuelve más álgido cuando el comandante supremo de las Fuerzas Armadas guarda silencio frente a las expresiones de uno de sus principales aliados: el PAN. El que calla otorga y el comandante ha callado frente a las imputaciones de sus aliados, que ven en los demás partidos aliados del crimen. Si las aseveraciones son ciertas, la única forma de apoyar al Presidente es votando por su partido. Si no se toma ese partido estaríamos dejando a México en manos del crimen: nos convertiríamos en aliados del enemigo. En ese sentido, la guerra que se libra pasa por el aniquilamiento de los demás partidos; bien vendría repensar la posibilidad -totalitaria- y transitar a un régimen de partido único, por supuesto del único que garantiza salvar a México de manos siniestras.

Además de otorgar, se ha expresado desde el cuartel general la sospecha de que los órdenes de gobierno local y municipal son traidores a la causa. Como las estrategias bélicas exigen secrecía, no podemos saber cuáles estados o municipios se ubican en este supuesto: únicamente lo sabe el alto mando. Si las sospechas son fundadas, el fantasma del totalitarismo también recorre el régimen federal. En ese sentido, valdría la pena pensar en la posibilidad de eliminar el sistema federal y volver a uno central, en el que la alta dirigencia designe delegados de toda su confianza. En esta guerra, la democracia y el régimen federal empiezan a estorbar.

El ejemplo cunde y en los estados se replican las mismas conductas. Los candidatos del "partido de los buenos" tienen dudas sobre sus adversarios políticos. Ven moros con tranchete y perciben en el adversario político el riesgo de que tenga nexos con el enemigo. El discurso es de campaña -pero no política- de guerra. No se discuten plataformas políticas ni proyectos de ciudad; el reto es salvar a la ciudadanía de caer en manos de aliados de los enemigos. Peor aún, el adversario con su actitud silente otorga validez a los dichos en su contra.

Todo puede esperar. Ya habrá tiempo para atender el asunto de la economía. La reforma política que esperan los "anulistas" podrá esperar. ¿Cuánto tiempo? Lo que dure la guerra: "muchas vidas, muchos recursos y mucho tiempo" según se ha dicho. Después vemos esa minucia de que seamos uno de los peores países para ejercer el periodismo. Sí, somos campeones en número de periodistas muertos, pero en cualquier guerra hay daños colaterales. Y vaya que la guerra está gruesa, no por nada disputamos el liderazgo -en riesgo para periodistas- con Irak y Afganistán. ¡Vaya pretensión la que enarbolan los que exigen el cumplimiento de la Constitución o el respeto a los derechos humanos en un escenario como el que -se plantea- vivimos!

Nadie en su sano juicio quiere que México pierda la guerra. La única forma, según el discurso totalitarista, de no rendir la plaza es votando por el partido que se ufana de ser -entre todos los actores sociales- el principal aliado del Comandante Supremo. Lo anterior supone que no hay opción, y al no haber opción no hay libertad que es la facultad de obrar de una manera o de otra, o de no hacerlo. Aquí no hay más que de una sopa, y las otras significan apoyar a los aliados de los enemigos. La guerra produce miedo para cualquier persona normal. La democracia supone elecciones libres, y cuando las personas actúan con miedo -perturbados angustiosamente en su ánimo por un riesgo o daño real o imaginario- no actúan con libertad.

En la guerra todo se vale. Estamos en guerra, no hay que olvidarlo. Así son las elecciones en estos tiempos.

rogelio_campos@yahoo.com